1969, el año en que todos quisieron llegar primero
Fernando Aldea
Zenith, Seiko y el consorcio que terminaría dando vida al Chronomatic protagonizaron una de las carreras más fascinantes de la relojería moderna. Más de medio siglo después, todavía discutimos quién creó realmente el primer cronógrafo automático. Tal vez porque la respuesta depende bastante de cómo decidamos formular la pregunta.
La industria relojera tiene una pequeña obsesión con llegar primero. La primera resistencia al agua, el primer reloj en la Luna, el primer tourbillon en no sé cuántos ejes y, por supuesto, el primer cronógrafo automático. El problema aparece cuando tres competidores levantan la mano prácticamente al mismo tiempo y cada uno tiene argumentos bastante razonables para quedarse con el trofeo.

Eso fue exactamente lo que ocurrió en 1969. Hasta entonces, el cronógrafo mecánico seguía siendo esencialmente una máquina de cuerda manual. Habíamos aprendido a medir carreras, vuelos y prácticamente cualquier cosa que justificara apretar dos pulsadores, pero todavía había que darle cuerda al reloj. Resolver esa última incomodidad se convirtió en una especie de carrera espacial en miniatura para la industria.
Y los suizos no estaban solos. Zenith llevaba desde 1962 trabajando en un movimiento que terminaría convirtiéndose en el El Primero. La ambición era enorme. No querían simplemente agregar un módulo cronográfico sobre un calibre automático existente, sino desarrollar una arquitectura integrada capaz de funcionar además a una frecuencia de 36.000 alternancias por hora. El resultado fue presentado públicamente en enero de 1969 y su propio nombre dejaba bastante poco espacio para la modestia: El Primero.

Pero mientras Zenith celebraba, otro ejército relojero avanzaba en secreto. Breitling, Heuer, Hamilton-Büren y Dubois Dépraz habían unido fuerzas para desarrollar el llamado Project 99. El resultado fue el calibre Chronomatic, una solución completamente distinta que combinaba una base automática con microrrotor y un módulo cronográfico. Fue presentado en marzo de ese mismo año y llegó acompañado de relojes que hoy forman parte del imaginario colectivo, como el Monaco, el Carrera y el Navitimer.
La historia podría haber terminado en una pelea exclusivamente suiza si no fuera porque, al otro lado del planeta, Seiko estaba haciendo exactamente lo mismo sin pedir permiso a nadie. En mayo de 1969 apareció en Japón el Speedtimer equipado con el calibre 6139, un cronógrafo automático integrado, con rueda de pilares y embrague vertical que además llegó efectivamente a las tiendas durante ese año. Y ahí comienza el problema semántico que mantiene ocupados a los fanáticos más obsesivos hasta nuestros días.

¿Quién fue realmente primero?
Zenith puede argumentar que fue el primero en presentar públicamente un cronógrafo automático integrado. El consorcio Chronomatic puede defender la escala de su desarrollo y su llegada comercial durante 1969. Seiko, mientras tanto, tiene uno de los argumentos más incómodos para la narrativa europea pues puso un cronógrafo automático integrado en manos de compradores japoneses mientras los suizos todavía peleaban por los titulares.
Desde la perspectiva actual, quizás lo interesante no sea adjudicar una medalla. Las tres soluciones representan maneras completamente distintas de resolver exactamente el mismo problema. Zenith apostó por frecuencia y arquitectura integrada. El Project 99 eligió modularidad e ingeniería colaborativa. Seiko desarrolló una solución industrial tremendamente sofisticada y preparada para producirse a escala.

Y las tres funcionaron. Más de cincuenta años después, seguimos usando El Primero, coleccionando los primeros Chronomatic y descubriendo que los 6139 que durante décadas fueron tratados como cronógrafos japoneses relativamente baratos eran, en realidad, protagonistas de uno de los momentos técnicos más importantes del siglo XX.
Tal vez esa sea la verdadera gracia de 1969. La industria pasó años discutiendo quién cruzó primero una meta que probablemente nunca tuvo una línea claramente dibujada. Mientras tanto, tres equipos trabajando a miles de kilómetros de distancia consiguieron transformar para siempre una de las complicaciones más importantes de la relojería.
El primero importa. Los tres, bastante más.