La feria que nació porque no había feria

Fernando Aldea

Geneva Watch Days nació en 2020 porque, básicamente, no había dónde mostrar relojes. Seis años después reúne a 71 marcas y se ha convertido en una de las citas más interesantes del calendario. Una solución de emergencia que terminó demostrando que quizás las ferias relojeras necesitaban bastante menos feria.

Hay cosas que nacen de una gran idea y otras simplemente porque no queda otra. Geneva Watch Days pertenece bastante más al segundo grupo.



En 2020 la industria relojera se encontró con un problema bastante inédito. Watches & Wonders cancelaba su edición física, Baselworld tampoco abriría sus puertas y, de un momento a otro, las marcas se quedaron sin esos enormes escenarios alrededor de los cuales habían organizado durante décadas buena parte de su calendario.

La respuesta de Breitling, Bulgari, De Bethune, Girard-Perregaux, H. Moser & Cie. y MB&F fue bastante más sencilla de lo que uno podría esperar de la industria del lujo: juntémonos igual. Sin grandes pabellones ni palacios construidos dentro de otros palacios. Hoteles, boutiques y distintos espacios repartidos por Ginebra servirían para recibir a prensa, retailers y coleccionistas, mientras cada marca conservaría bastante libertad para organizar su propia experiencia.



Lo que parecía una solución temporal resultó ser bastante más resistente que el problema que intentaba solucionar. Esta semana Geneva Watch Days celebra su séptima edición, entre el 2 y el 6 de septiembre, con 71 marcas participantes. Bastante para algo que nació, literalmente, porque no había feria.

Y probablemente ahí esté lo más interesante. El evento creció sin convertirse completamente en aquello que reemplazó durante aquel extraño 2020. Sigue siendo descentralizado, flexible y capaz de poner durante una misma semana a grandes manufacturas junto a independientes que producen una fracción de sus relojes. Evidentemente no todos llegan con el mismo presupuesto, la misma capacidad de producción ni el mismo peso dentro de la industria, pero durante cinco días todos tienen Ginebra.


También hay cierta ironía en que esto ocurra precisamente ahora. Después de años escuchando sobre digitalización, lanzamientos online y nuevas maneras de relacionarnos con las marcas, los encuentros físicos parecen estar viviendo una pequeña revancha. Watches & Wonders continúa creciendo, Geneva Watch Days ya supera las 70 firmas y siguen apareciendo nuevos eventos relojeros en distintas ciudades.

Quizás la explicación sea bastante sencilla. Podemos descubrir un reloj en Instagram, conocer su calibre en una ficha técnica y pasar horas viendo fotografías suficientemente buenas como para contar los cepillados de la caja. Pero seguimos hablando de objetos que terminan de explicarse cuando los tenemos delante. Treinta y ocho milímetros pueden sonar perfectos sobre el papel y sentirse completamente distintos una vez puestos en la muñeca.


Ahí las ferias todavía tienen bastante sentido. Y Geneva Watch Days no inventó esa necesidad, simplemente eliminó muchas de las cosas que durante años pensamos que eran indispensables para satisfacerla. No reemplazó a Baselworld ni necesita convertirse en otro Watches & Wonders. De hecho, probablemente intentar hacerlo sería la manera más rápida de perder aquello que la hizo interesante.

En 2020 nació porque no había feria. Seis años después, quizás su mayor mérito sea habernos demostrado que para hacer una buena, no necesitábamos tanta.

 

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